por Fco. José Alonso Rodríguez, 02 de Septiembre de 2026.

Hay hombres que no pertenecen a la historia por el capricho de los libros, sino porque su nombre quedó cincelado en la propia tierra que pisaron. El 2 de septiembre de 1775 nacía en Castrillo de Duero Juan Martín Díez, «El Empecinado». Un cuarto de milenio más un año después, la figura del héroe castellano por antonomasia no solo permanece viva, sino que exige, con la urgencia del deber no cumplido, la restitución de su memoria y el cumplimiento final de su voluntad.
Hablar de El Empecinado es hablar del alma indómita de Castilla y León. Si en el siglo XVI los Comuneros encendieron en Villalar la llama de la libertad frente al absolutismo imperial, tres siglos más tarde Juan Martín encarnó ese mismo espíritu popular, indomable y soberano frente al invasor napoleónico y la tiranía fernandina. Fue el labrador que mutó en general, el estratega guerrillero que demostró que el pueblo unido es capaz de doblegar al ejército más poderoso de Europa. Pero, sobre todo, fue un hombre fiel a sus principios: defensor implacable de la Constitución de 1812, de la libertad de sus paisanos y del derecho de la gente común a decidir su propio destino.
Resulta incomprensible, por no decir hiriente, el injusto olvido y la frialdad con la que las instituciones han tratado su figura. Es una afrenta a nuestra identidad colectiva que en pleno siglo XXI existan pueblos y ciudades en Castilla y León —y en el conjunto de España— donde su nombre no figure en el trazado de sus calles. ¿Cómo es posible que quienes entregaron su vida por la dignidad de su tierra no cuenten con un monumento en cada plaza principal? No se trata de un simple ejercicio de nostalgia; se trata de pedagogía democrática, de justicia histórica y de orgullo identitario. Quien olvida a sus héroes está condenado a la irrelevancia.

Pero la deuda más profunda y dolorosa que mantenemos con El Empecinado no es solo de piedra o bronce, sino de paz reposada. Tras ser ejecutado vilmente en Roa en 1825 por defender la libertad, sus restos mortales han vagado sin encontrar el descanso que él mismo anheló. Custodiados hoy en Burgos, lejos del cobijo de su cuna, claman por el cumplimiento de su última voluntad: regresar a Castrillo de Duero, a la tierra que lo vio nacer y al lado de los suyos. No hay acto de mayor justicia ni de mayor humanidad que devolver al héroe a su pueblo, allí donde el río Duero susurra la historia de sus hazañas y donde su gente sabrá velar su memoria para siempre.
El ideario de El Empecinado no es una reliquia del pasado; es una antorcha plenamente vigente. Su lucha en contra del despotismo y a favor de los derechos del pueblo conecta de manera natural con el legado de Bravo, Padilla y Maldonado. Ambos episodios forman parte de la misma columna vertebral de Castilla: la resistencia de la gente sencilla frente a la opresión.
Recordar a Juan Martín Díez no es solo mirar atrás; es afirmar quiénes somos y qué valores defendemos hoy. Al mantener vivo su nombre, garantizamos que su espíritu liberal siga paseando entre nosotros. Castilla y León deben saldar de una vez por todas esta deuda histórica: llevar sus restos a Castrillo de Duero, erigir su figura en cada ciudad y grabar su nombre en cada rincón. Solo así podremos mirar al futuro con la cabeza alta, sabiendo que honramos a quienes nos dieron dignidad.
Francisco José Alonso Rodríguez. – Politólogo. – Sociólogo. – Secretario General PANCAL-URCi. – Ateneo Cultural Villalar. – Premio a las Libertades “Rafael del Riego”. Un Comunero-Empecinado.
