A más de dos siglos de la entrada triunfal de Juan Martín Díez «El Empecinado» y las tropas aliadas, recordamos la jornada que quebró el yugo napoleónico en la capital.
Hay días en los que la historia no solo se escribe, sino que se siente en el aire, se respira en el polvo del camino y se escucha en el repicar desatado de las campanas. El 12 de agosto de 1812 fue, sin duda, uno de esos días para la Villa y Corte. Tras cuatro largos, oscuros y opresivos años de ocupación francesa, Madrid amaneció no solo con el sol estival, sino con la luz impagable de la libertad reconquistada.
El colapso del dominio imperial en el centro de la Península se había precipitado semanas antes en los campos salmantinos de Los Arapiles, donde el vizconde de Wellington asestó un golpe demoledor al ejército del mariscal Marmont. Aquella derrota estratégica convirtió la estancia de José Bonaparte en la capital en una posición insostenible. Cercado, nervioso y desprovisto de refuerzos, el monarca intruso consumó su huida dos días antes, dejando tras de sí una ciudad exhausta, al borde de la hambruna, pero vibrante de expectación.
El azote de Napoleón: La gesta de «El Empecinado»
Si las divisiones anglo-portuguesas de Wellington pusieron la estrategia militar sobre el tablero, el corazón y el alma de la liberación madrileña llevaron la firma inconfundible de la guerrilla española. Y entre todos los nombres que el pueblo susurraba con devoción, uno resonaba con la fuerza de un trueno: Juan Martín Díez, «El Empecinado».
Nacido en la humilde localidad vallisoletana de Castrillo de Duero, aquel hombre de campo transformado por la necesidad en un genial brigadier se había convertido en la pesadilla recurrente de los mariscales de Napoleón. Al mando de su V División del Ejército Español, El Empecinado no esperó a que los grandes ejércitos regulares decidieran el destino de la capital.
Durante meses, sus partidas asfixiaron metódicamente las líneas de comunicación francesas a lo largo del Henares, el Tajo y la Sierra de Guadarrama. Ningún correo imperial viajaba seguro; ningún convoy de suministros llegaba a su destino sin pagar un tributo de sangre.
«Cazar al Empecinado es como intentar atrapar el viento con las manos», llegó a lamentar un oficial del estado mayor francés.
Cuando las tropas galas iniciaron la retirada, fue Juan Martín Díez quien rodeó los accesos a la capital, asegurando los caminos, neutralizando las retaguardias enemigas y evitando que el caos degenerase en pillaje o represalias descontroladas.

La entrada triunfal y la euforia de un pueblo
Aquel 12 de agosto, los portones de la ciudad se abrieron de par en par. La vanguardia aliada e hispana hizo su entrada oficial entre una muchedumbre fuera de sí. Las crónicas de la época narran cómo las calles del Barquillo, Alcalá y la Puerta del Sol se convirtieron en un verdadero mar de gente. Desde los balcones, engalanados con las mejores colchas y banderas que se habían salvado de los saqueos, los ciudadanos arrojaban flores, mantones y lágrimas.
El momento cúlmine de la jornada se vivió cuando El Empecinado, a caballo y luciendo las cicatrices de cien combates, cruzó las puertas de la ciudad al frente de sus curtidos guerrilleros. Aquellos hombres —labradores, pastores y artesanos vestidos con una mezcla heterogénea de uniformes capturados y ropas paisanas— representaban la dignidad intacta de una nación que se había negado a arrodillarse ante el imperio más poderoso de Europa.
El pueblo de Madrid no aclamó solo a un militar; aclamó a uno de los suyos. Los ciudadanos se arrojaban a estrechar las manos de los guerrilleros, a abrazar los estribos de sus monturas y a vitorear al héroe de Castrillo, quien respondió con la sencillez y la firmeza que siempre lo caracterizaron.
Un legado inmortal en la memoria colectiva
La liberación de Madrid el 12 de agosto de 1812 no supuso el fin inmediato de la Guerra de la Independencia —aún quedarían sangrientos meses de contienda hasta la expulsión definitiva del invasor en 1814—, pero sí representó un punto de no retorno psicológico y político. La capital de España volvía a ser soberana, y la Constitución de Cádiz pronto sería jurada con júbilo en sus plazas.
Hoy, al rememorar esta efeméride, la figura de Juan Martín Díez «El Empecinado» se erige no solo como la de un brillante táctico de la guerra de guerrillas, sino como el símbolo supremo del patriotismo popular, la lealtad a sus principios y el coraje indomable.
Madrid no olvida a quienes rompieron sus cadenas. Aquel caluroso agosto de 1812, los pasos firmes de El Empecinado y sus hombres no solo hollaron el adoquín de la capital; entraron directamente en las páginas doradas de nuestra historia.

José Ignacio Moratinos «El Empecinado».- Presidente Nacional del Círculo Cultural Juan Martín El Empecinado y Secretario General del Ateneo Cultural Villalar.
